jueves, 10 de julio de 2014

Expedición al Matterhorn 2014. PORTEANDO ENTRE TORMENTAS

28/06/2014


Nos levantamos sin prisa y preparamos el macuto. Cada uno de nosotros llevabábamos un macuto muy grande y muy cargado pues sabíamos que el tiempo no nos iba a acompañar y que seguramente íbamos a estar muchos días allá arriba junto al principal y único objetivo claro de nuestro viaje: El Cervino.

Del Cervino (para los italizanos) o Matterhorn (para suizos y alemanes) mucho se puede escribir, aquí sólo voy a decir que con sus 4478 m.s.n.m. es una montaña mítica a nivel mundial tanto por su forma tantas veces representada como por haber sido, tras numerosos intentos, el último cuatromil ascendido de los Alpes. Su escalada, de más de mil metros por cualquiera de sus rutas, es siempre exigente y técnica y no perdona errores. Alcanzar su cumbre es sueño y objetivo de muchos montañeros de todo el mundo, incluído yo, por supuesto.

Durante la preparación de nuestro viaje hemos recopilado información de sus rutas, incluso compré un número de desnivel (nº 277, julio de 2009) en el que había un monográfico del Cervino. Nuestro plan, ilusos nosotros, era ascenderlo por tantas aristas como nos fuera posible empezando por la arista Hörnli que pese a no ser la ruta más fácil es la ruta normal de descenso, lo cual quiere decir que, subas por donde subas lo suyo es bajar por aquí, y o es un descenso fácil ni mucho menos.

En condiciones ideales, las que había este día, el Matterhorn no tiene casi nieve y se podría escalar con zapatillas o botas de montaña hasta casí el final donde es obligatorio ponerse los crampones porque hay nieve y hielo siempre.

Tras ésta personalísima introducción al Cervino voy a seguir contando nuestro viaje. Como decía, cada uno de nosotros llevábamos un macuto enorme, con cosas propias y comunes, y además llevábamos una mochila de ataque de Borja con toda la comida de altura y demás cosas que no nos habían entrado en nuestros macutos.

Desde el camping nos llamaron a un taxi (Fredy Taxi) que nos llevó hasta la entrada de Zermatt y desde allí anduvimos hasta el teleférico que subía a Schwarzsee




Al llegar al final del teleférico pudimos observar bien nuestro objetivo, en condiciones casi ideales, casi sin nieve... pero totalmente mojado y rodeado de nubes. El día en Schawezsee estaba muy desapacible y al minuto de empezar a andar se puso a llover, al principio una llovizna, luego más fuerte y luego una mezcla de agua y granizo fino doloroso, húmedo y frío. Yo subía cargado con mi macuto a la espalda y la mochila de ataque delante, cargado como una mula, y este granizo cabrón nos cogió a diez minutos de una caseta de teleférico, tres paredes, un techo muy alto, una plataforma de madera y unos cables que desde allí se perdían montaña abajo, aparentemente en desuso. Dejamos nuestras cosas en la plataforma de madera y comimos algo mientras llovía, esperando que parase... La verdad es que la caseta estaba cochambrosa, llena de barro y de basura pero bueno, para aguantar el chaparrón nos valía. 

Schwarzsee
El Hornlihutte y el Cervino tapado por las nubes 
 La caseta

Como no paraba de llover investigamos un poco los alrededores buscando posibilidades para pasar la noche  vimos una puerta y una ventana en el lateral de la caseta. La puerta estaba abierta, daba a un pasillo estrecho y a otra puerta que daba a otra habitación pequeña en la que había una mesa pequeña, una silla, un estante, una cama pequeña y cutre debajo de una ventana grande y una estufa de leña. Yo hubiera seguido subiendo a montar el campamento junto al Refugio Hörnli (o Hornlihutte), refugio que sabíamos que estaba actualmente cerrado y en obras ya que en 2015 se cumplen 150 años de la trágica primera ascensión por Edward Wympher (entre otros), pero  la lluvia, el peso y la posibilidad de dormir en un lugar seco y calentito durante la previsible tormenta de la noche pudieron más que mis ganas y mi insistencia en seguir subiendo. No obstante, movido, supongo, por mis ansias de cumbre, decidí que pese a la lluvia y el mal tiempo lo mejor era ir subiendo material e ir reconociendo el terreno así que echamos más cosas en la mochila de ataque, me preparé para la ocasión con un pantalón de lluvia, el Gore, unas gafas de ventisca y un frontal por si se me hacía de noche... Y me fuí para arriba.

La subida no fue un paseo agradable pero me sentía contento por estar otra vez por allí y subí casi corriendo. Me llovió casi todo el camino, a veces esa lluvia se convertía en granizo y era molesto, mucho, pero no me detuve. Ascendí muy rápido, crucé tres o cuatro neveros pequeños y llegué al refugio que, como ya sabía, estaba en obras y lo rodeé por la izquierda en busca de la zona de vivaks. Tengo que confesar aquí que dando ese rodeo me resbalé en una zona embarrada, pasada la terraza, y casi acabo rodando hacía abajo. No pasó nada pero me faltó poco...

La zona de vivaks estaba limipia completamente de nieve y al principio pensé que no había nadie pero luego vi que en uno de ellos había algo morado, una tienda o un doble-techo un poco cutre... y me puse a buscar un lugar donde dejar la mochila así que ascendí hacia la cresta donde comienza la arista Hornli. Justo a mitad de camino ví que había un hueco suficientemente grande debajo de una piedra de buen tamaño, envolví la mochila en un chubasquero que había subido para que no se empapara todo y la metí en el agujero. Luego estuve un rato largo tapando el agujero con piedras para que entrara la menor cantidad de agua posible y que además me sirvieran de hito para encontrarla al día siguiente. Cuando quedé satisfecho de dónde había dejado la mochila calculé que me quedaban unas dos horas de luz y no pude resistirme a acercarme al inicio de la vía, aquella vía que hacía cuatro veranos no pudimos ni intentar por culpa del mal tiempo. En la base de la pared había un poco de nieve y huellas, unas huellas que me contaron que unas tres personas habían pasado por allí y habían vuelto y supuse que serían los de la tienda que había visto antes. ¡Qué ganas tenía de escalar!

La vuelta la hice casi corriendo prácticamente todo el camino, aunque estaba todo empapado la roca agaraba bien y como bajaba sin peso tardé algo menos de una hora. Una puntualización a éste viajecito en solitario porteando material y comida: estuve en contacto en todo momento con Borja y Ricardo mediante radio VHF, Borja es nuestro experto en comunicaciones y siempre lleva al menos una radio encima.

Poco después de llegar a la caseta la lluvia se convirtió en agua-nieve al empezar a anochecer y el viento la empujaba dentro de la caseta mojándolo todo así que nos metimos en el cuartito y nos organizamos para dejar nuestros bártulos en el pasillo y tener hueco suficiente dentro para cocinar sobre la mesa, cenar y dormir. Evidéntemente me tocó la cama destartalada y pequeña que había bajo la ventana, buena para sentarse, incómoda para dormir.

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