sábado, 20 de abril de 2013

Cuba: diario de viaje (día 0)

--- 22 de marzo de 2013 --- 

De nuevo de viaje y de nuevo delante de un cuaderno, hacía mucho tiempo que no escribía pero ésta ocasión se merece un cuaderno entero dedicado única y exclusivamente a relatar este viaje. 

840 km/h, 29.000 ft, -47ºC en el exterior, sobre algún lugar de Castilla y León, probablemente Salamanca, estoy montado en un avión, un A330-200, rumbo a La Habana, Cuba, junto con Gema y dos amigos: Raúl y Belén. 

A diferencia de otros viajes esta vez no sé gran cosa de mi destino, sé lo que he visto y leído en televisión y prensa y quizá también algo de historia, pero poco o muy poco sobre su geografía y su cultura. 

Parece que el avión ha alcanzado la altura de crucero, 35.000ft, y las azafatas han empezado a repartir una serie de formularios al pasaje, unos para turistas y otros para trabajadores y, no estoy seguro, otra para control de aduanas. La temperatura en el exterior del avión es de -56ºC y tengo que agradecerle a Airbus el que éste avión esté bien presurizado porque durante mi último despegue lo pasé realmente mal.
Si preguntáramos a Gema, a Raúl o a Belén sobre cosas que vamos o queremos ver y hacer en Cuba probablemente podrán decir mucho más que yo. Gema tiene una guía, la de Lonely Planet y Raúl y Belén tienen otra de National Geographic. Estos días han estado marcando sobre un mapa lugares y cosas que ver y que hacer y, la verdad, he estado poco o nada atento. Otras veces me gusta tener ese control pero para este viaje prefiero perderme y dejarme llevar. 

Sé que hoy voy a dormir en La Habana y creo que mañana también y también sé que alquilaremos un coche para movernos por Cuba con algo de libertad. Sé que hace buen tiempo y que podremos bucear y por eso en mi macuto hay, esta vez, en vez de unos crampones y un piolet, unas gafas de bucear y unas aletas. El resto de mi equipaje es un botiquín, con antidiarreicos (fortasec), paracetamol, ibuprofeno, calmantes y antiinflamatorios potentes (myolastan, enantyum) pastillas potabilizadoras de agua, tiritas, vendas, una manta térmica y un par de cremas para contusiones. Llevo también una pequeña bolsa tipo neceser con cuatro cacharros electrónicos, unos transformadores/adaptadores para poder cargar el móvil en cualquier sitio (incluso sólo con el sol) que me tocó en un concurso de la revista Oxígeno el año pasado. 

Llevo demasiada ropa, creo, si comparo la cantidad de ropa que traigo con lo que han traído Raúl y Belén, puede que tenga el doble que ellos, pantalones largos, cortos, jerseys varios, muchísimas camisetas, unas chanclas e incluso un gorro montaña… no sé en qué estaría yo pensando cuando empecé a hacer el macuto. La temperatura de La Habana es de 24 grados y no está previsto que llueva, aún no es época de lluvias. Llevo también un par de libros que quiero releer durante este viaje, están orientados a repasar y mejorar mis técnicas de montaña para mi próximo viaje a Perú, a la Cordillera Blanca, este verano; uno es sobre el uso de la cuerda en montaña y el otro es de autorrescate… los tengo ya leídos, pero yendo donde iré otra lectura no me vendrá mal. 

Además llevo este cuaderno en el que escribo y tres bolígrafos con los que espero plasmar un viaje a Cuba alejado de lo convencional y lo turístico, lleno de experiencias nuevas, bonitos paisajes, playas de ensueño, gentes amables y muchos, muchos buenos momentos y anécdotas asombrosas. 

--- Horas después, ya en La Habana ---

¡Qué equivocado estaba con mi macuto! Me sobra muchísima ropa; pero vayamos por partes. El vuelo se hizo larguísimo y al llegar nos encontramos con una Habana en la que a las nueve de la noche hacía 25º y aún así nos dijeron que hacía algo de frío. Me planteo regalar mucha de la ropa que traje o dejarla en algún hotel hasta que vuelva. 

Salimos del aeropuerto y un taxi nos llevó hasta nuestra casa: Casa Martha, cerca del barrio chino. En Casa Martha nos han acogido bien. Tras arreglar los papeles y cambiarnos de ropa para adaptarnos al calor, salimos a tomar algo.
(interior de Casa Martha)

Al principio, de noche, las calles de este barrio de La Habana intimidan. Paseamos un rato y acabamos sentándonos en un restaurante chino que había en un callejón. Probamos las cervezas de Cuba, la Cristal más suave y la Bucanero, un poco más fuerte. Todo sabe distinto, incluso la comida del chino, pero cenamos bien.
Después volvimos a la casa y nos fuimos a dormir... Mañana será un día largo.

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